Era normal que la sociedad internacional desconociera quién era Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, era normal ver a un Nicolás Maduro descalificando a la oposición y a sus enemigos de querer derrocarlo, era normal ver a miles en las calles de Caracas protestando contra el gobierno que los tiene sumidos en crisis económica en que, según estimaciones del FMI, existe una caída del PIB de hasta 18 por ciento y una hiperinflación de hasta 10 millones porcentuales.

Pero no fue normal, tanto para el pueblo venezolano como en la comunidad internacional, en cómo cinco horas definieron un fragmento de la historia internacional. Guaidó se autodeclaró presidente “entregado”, el gobierno de Estados Unidos lo reconoció de inmediato ―así como la OEA y 11 de los 14 países del Grupo de Lima―, Nicolás Maduro rompió relaciones diplomáticas con Donald Trump, enfrentamientos violentos entre manifestantes y elementos antidisturbios y celebraciones de júbilo entre los más de 3 millones de venezolanos que han migrado.

Tampoco fue normal la postura de México ante la situación que ha ocupado los principales espacios noticiosos. Si bien, era esperado que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador respaldase el gobierno de Maduro, lo peculiar es la alianza con Uruguay para un llamado al diálogo, tanto entre el gobierno venezolano como los gobiernos del Grupo de Lima y la OEA.

Sin embargo, existen preocupaciones normales de toda la situación. El respaldo de Vladimir Putin a Maduro y de Donald Trump a Guaidó ha marcado un nuevo capítulo en la ya llamada Guerra Fría 2.0 que ha sido testigo durante la última década de la guerra contra el Estado Islámico y el conflicto en Siria, la disputa de Crimea, la confrontación entre Israel e Irán, la guerra cibernética entre ambas potencias, el derrocamiento de Gadafi en Libia, así como la relación entre Estados Unidos y Corea de Norte, y los nexos de Rusia con diversos países de América Latina.

Cualquier persona que tiene noción de la Guerra Fría sabe que la situación en Venezuela no es una coincidencia, incluso es normal asociarlo con el golpe de estado en Chile de 1973 por los factores que se están presentando. Pero es anormal la polarización del tema que se banaliza y descalifica por dos bandos: estar a favor de Guaidó es sinónimo de apoyar un golpe de estado del capitalismo imperialista y estar a favor de Maduro es igual a defender una dictadura comunista similar a Corea del Norte.

Todo lo que aconteció el 23 de enero rompió con todo lo que se había pronosticado. No obstante, la disputa Guaidó-Maduro generan ciertos temores; un Pinochetazo, mayor represión y éxodo del pueblo venezolano, e incluso una guerra civil. La única certeza que se tiene es que ahora la tierra de Simón Bolívar tiene dos presidentes que se descalifican uno al otro de “usurpadores e ilegítimos” y cada uno con su cierto respaldo internacional. Tristemente no es una pelea de boxeo, es la guerra de quién debe salvar Venezuela.

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