¿Por qué considerar el fin del establishment? Esa es la pregunta que estará rondando sobre la mente de este pobre escritor aficionado durante todo este 2018. ¿Realmente se acabó el momento en que elegimos a nuestros representantes políticos tradicionales por gente que ocupa las portadas de revistas, aparece en televisión y llevaron vidas que no son en el aspecto político? ¿Tan desgastada está la sociedad mundial sobre el quehacer político de su respectiva nación? ¿Ya no tenemos líderes en qué creer y buscamos a las celebridades porque nos representan más que los políticos de carrera amplia?

Tal vez no sea su fin; pero empieza una época global en que las sociedades ya no creen en personajes políticos quuienes buscan convencernos por el voto en las urnas; sea por desconfianza, corrupción, poca simpatía, ideologías que en vez de convocar a la unión social hacen un llamado al conflicto y la división de clases sociales, razas, sexos, ideologías sexuales y diversas perspectivas sociales. A su vez, el político tradicional se ha alejado de sus votantes, dejándose convencer por sus propias ideas en vez de respetar y respaldar por quienes lo eligieron en un escaño parlamentario-legislativo o de gobernante.

Ese ha sido, para algunos especialistas, la clave del éxito del por qué Donald Trump ―empresario de carrera y estrella de televisión por convicción― está dirigiendo una de las naciones más poderosas del mundo. Un ser pragmático debido a sus declaraciones polémicas y que nunca había tenido un cargo gubernamental en su trayectoria. Que si bien, es el enorme disgusto y dolor de cabeza de muchos quienes nos consideramos “progresistas”; fue quien se acercó más a un electorado de quienes simpatizan con las tradiciones morales y sociales, el nacionalismo y el temor de perder su identidad histórica, y el regresar a un mundo en que la vida era más sencilla y modesta.

No es una coincidencia en que Donald Trump haya llegado al poder siendo una personalidad que destacaba más en los medios que sobre la terna política. En todo el mundo se está dando un mensaje en que los líderes nacionales ya no deben ser los políticos tradicionales; de traje costoso, con experiencia en cargos políticos y de afiliación partidista desde joven. Puede ser el conductor de televisión del momento, el periodista más reconocido, el deportista con logros destacables en su previa formación, el profesor de facultad; incluso la actriz o modelo más popular de una nación.

Incluso, hasta el vecino puede ser gobernante de un país si tiene el carisma para convencer a un electorado hostigado con la política, de forma muy general. Llegamos a la época en que cualquier persona podría ser presidente, parlamentario-legislador, alcalde o gobernante de una región; incluso, estar dentro de un gabinete de ministros.

En estos tiempos ya no es tan descabellado escuchar en los medios “Oprah Winfrey podría ser presidenta de Estados Unidos”; “Cuauhtémoc Blanco buscaría la gubernatura de Morelos”; “Carlos Slim quiere gobernar la Ciudad de México” ―este último ejemplo es ficticio―; profetizando a un capítulo de la serie británica Black Mirror con el tercer episodio de la segunda temporada “The Waldo Moment”. En Guatemala gobierna Jimmy Morales ―quien previamente era comediante―, el próximo presidente de Liberia, George Weah ―un exfutbolista―, el expresidente de Hungría Pál Schmitt ―medallista olímpico―, entre otros.

¿Cuál es el mensaje ante todo esto? Simple, tenemos miedo sobre el futuro, desde una perspectiva universal. En un mundo excesivamente competitivo por la sobrepoblación, donde la máquina estaría reemplazando a largo plazo la mitad de los empleos existentes, donde la tradición está luchando contra el progresismo, y que aterra a muchos conservadores; donde cada vez vemos un mundo más desensibilizado, violento y trágico, y que terminamos refugiándonos en la nostalgia; una percepción de una demencia abismal que ocasionará un aumento considerable de suicidios, consumo de drogas y un terrorismo que conforme cambien las técnicas armamentistas aumentarán sus masacres de cientos de personas.

Por eso la gente desconfía de la política actual; porque ni la enorme cúpula política tiene la certeza de nuestro futuro, de nuestra seguridad, nuestra salud, nuestra educación y nuestra normatividad social. La sociedad moderna teme a perder su empleo, entrar a las estadísticas de pobreza, del cómo subsistir al llegar la vejez; de cómo serán educadas las nuevas generaciones, de cómo será nuestro ecosistema floral y fáunico en algunas décadas, de cómo nos garantizarán una salud, física y mental, digna; de cómo nos organizaremos como sociedad pensante.

También lo anterior es el resultado de cómo el populismo ―sea izquierdista o derechista― ha estado triunfando en diversas regiones del mundo; como una solución ante el hartazgo social, que busca la inmediatez a la solución de un problema, pero que conlleva peligros en todos los aspectos; sean económicos, de libertades sociales, o de limitar un progreso por conservar la esencia nacionalista ante un mundo en que ya no tiene identidad propia, sino es la mezcla de todo.

Yo mantengo las dudas sobre si alguien que no posee carrera política experimentada pueda gobernar una nación; sin embargo, no descarto que pueda desempeñar un buen o mal trabajo. La condición de esa personalidad anti-establishment es tener un conocimiento amplio de su política nacional,y además, la capacidad de reconciliar a las sociedades sobre la política en general, y hacer consciencia de que un solo gobernante no solucionará las problemáticas sociales sin el apoyo de su población. Dejando la apatía y la soberbia para cambiar la sociedad.

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