Pongámonos en un escenario común hasta hace no mucho tiempo: una tarde, un joven se encuentra sentado en su computadora, navega por distintas páginas de Internet, en una de ellas lee sobre el estreno del más reciente álbum de la estrella musical del momento. Acto seguido, nuestro amigo abre un software para descargar archivos multimedia, teclea las palabras mágicas en la barra de búsqueda y en unos segundos comienza a descargar los éxitos musicales, unos minutos más tarde estarán listos y podrá reproducirlos desde su propia computadora o transferirlos a un dispositivo de memoria.

La dinámica anterior se volvió un ejercicio bastante habitual para la mayoría de la población mundial, sin embargo, ese mismo acto provocó toda una revolución que llevó a las grandes industrias discográficas a estar al borde del colapso, y todo ello por la acción de un grupo de personas dedicadas a hacer filtraciones de los lanzamientos musicales y distribuirlas por la web.

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El libro que cuenta la hazaña. FOTO: Editorial Contra

En Cómo dejamos de pagar por la música (How music got free) (Contra, 2016), el periodista estadounidense Stephen Witt realiza toda una radiografía de la manera en la cual se comenzó a gestar el cambio en el consumo de las canciones por parte del público, algo que comenzó desde un laboratorio alemán donde el trabajo científico para crear archivos de audio de mejor calidad terminó por llevar al nacimiento del MP3. Si bien, este formato no tuvo un camino fácil en su nacimiento, fueron las negociaciones con la liga de hockey sobre hielo (NHL) estadounidense las que terminaron por impulsar al codificador.

El cambio de archivos al formato .MP3 provocó que los usuarios de un naciente internet comenzaran a aprovecharlo para colgar archivos musicales y compartirlos con los demás, una tarea que en un principio parecía un inocente intercambio entre iguales, terminó por cambiar las reglas del juego gracias a la acción de Dell Glover quién es considerado como el paciente cero de la piratería digital en Internet.

 

Glover, era un empleado de una fábrica de montaje de discos compactos perteneciente a Pollygram, sus conocimientos en la comunidad web lo llevaron a acercarse a los sitios de intercambio de archivos en donde comenzó a incrementar su curiosidad por obtener material multimedia para su consumo propio y para su negocio de venta de DVDs pirateados en una camioneta en el pueblo donde residía.

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Dell Glover, el hombre que rompió el negocio de la música. FOTO: The New Yorker

Dell Glover aprovechó su puesto en la planta de fabricación de CDs para sustraer las nuevas creaciones musicales de su fábrica y posteriormente filtrarlas en grupos de intercambio de archivos, especialmente uno denominado RNS, ellos se encargaban de difundir los nuevos lanzamientos semanas antes de que éstos llegaran a las tiendas, en sus mejores años se llegaron a dar más de tres mil filtraciones anualmente, las cuales a partir de su publicación original se expandían por el mundo a través de plataformas de archivos como  lo fueron Ares, Emule, Kazaa o LimeWire.

A su vez, el trabajador estadounidense aprovechaba las redes de intercambio de archivos para descargar películas y música que posteriormente grababa en DVDs y CDs para ser vendidos en una red de distribución que iniciaba en su propia camioneta y se extendía a distintas peluquerías de la región, a través de este sistema obtenía un ingreso monetario adicional que invirtió en sí mismo.

El mejor año para Glover fue 2002, donde según podemos leer en The New Yorker el obrero logró filtrar más de 500 trabajos musicales en ese año, algunos de ellos eran tan esperados por el público como: 500 Degreez de Lil Wayne y The Blueprint de Jay-Z. En la revista neoyorquina se menciona que su labor abarcaba varios de los géneros de música existentes “él filtró Rated R de Queens of Stone Age; él filtró Away from te sun de 3 Doors Down. El filtró a Björk, Ashanti, Ja Rul, Nelly y Blink 182″. Su trabajo se dirigía principalmente a la conocida como ‘Generación Eminem’.

A partir de 2006 las filtraciones comenzaron a bajar su frecuencia debido al cansancio del propio Glover, para dejarlo finalmente, sin embargo eso no evitó su búsqueda por parte de las autoridades, en septiembre de 2007 sería detenido por agentes del FBI, sin embargo, el daño ya estaba hecho, la comunidad web tenía el control de la música. Como podemos leer en Magnet, en 2009 el obrero se declaró culpable de los “delitos de conspiración y violación de la propiedad intelectual”, fue condenado a tres meses de prisión debido a que se ofreció a colaborar con el FBI para desarticular a RNS, el grupo donde se filtraban todos los discos.

Las acciones de Glover y su grupo de piratas digitales llegaron en el mejor momento para las grandes discográficas, en una época en la cual éstas facturaban miles de millones de dólares provenientes de todos los rincones del mundo, cuando pareciía que si no se adquiría la copia física original sería imposible escuchar aquella canción que tanto sonaba en la radio. Sin embargo, los avances de la tecnologia provocaron que se comenzara a asestar un golpe terrible del cual todavía han podido recuperarse en su totalidad (las discográficas).

 

Y es que, durante una década las descargas de archivos digitales de forma ilegal se convirtieron en el pan de cada día para la gran mayoría de los usuarios, quienes creían que aquella canción que aparecía por arte de magia en su software de intercambio favorito era obra de algún buen samaritano que había pagado por una copia legal del álbum musical y había decidido compartirlo con todos para “socializar la cultura”, sin embargo, muchas veces lo que estaba detrás era toda una operación con una estructura similar a la de muchos organismos del crimen organizado quienes se encargaban de contrabandear y colgar los discos en la web.

Sería injusto no destacar que en muchos usuarios existía una ignorancia total sobre lo que estaban haciendo, desconocían la ilegalidad del acto de descargar una canción y añadirla a distintos dispositivos de reproducción de archivos digitales, los cuales también tuvieron su propia responsabilidad en el incremento de la popularidad de estas nuevas vías de intercambio. Ya que con los nuevos soportes se eliminaba la necesidad de comprar copias físicas con los correspondientes ahorros de espacio y dinero.

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Apple Music y Spotify, la evolución legal del P2P. FOTO: CNET

Las discográficas se encontraron indefensas y trataron de cambiar sus modelos de negocio con tal de obtener beneficios y a su vez eliminar a la competencia desleal que representaban las descargas ilegales, por ello comenzaron a negociar con plata-formas digitales como iTunes para fomentar la compra de música digital, sin embargo, los beneficios continuaban siendo pocos en ese sector, pero se compensaban gracias al aumento de ventas en productos relacionados con los artistas como conciertos, camisetas, objetos decorativos o festivales de música.

El avance de la tecnología provocó que las descargas fueran perdiendo cada vez más protagonismo en detrimento de servicios de streaming como Spotify o YouTube los cuales comenzaron a ofrecer la música de forma gratuita para la gran mayoría de

los usuarios, si bien, la publicidad es una condicionante para el disfrute gratuito de estas plataformas, muchos usuarios se han pasado a estos formatos. Aún así, las discográficas y varios artistas se encuentran recelosos del avance del streaming, ya que consideran que no se tienen suficientes ganancias, incluso se han dado casos de retiro del catálogo de ciertas productoras por considerar que no se valora justamente el trabajo de acuerdo con las tarifas pagadas por parte de los servicios.

Desde artistas y compañías se han lanzado distintas plataformas de reproducción digital como VEVO y Tidal, las cuales han tenido resultados dispares, mientras que la primera se ha convertido en el gran centro de distribución de videoclips controlado por las discográficas, el segundo, que prometía ser la solución para los artistas que no creían ganar lo suficiente con Spotify o Apple Music, ha resultado en un fracaso y al final algunas exclusivas de ese servicio (Tidal) como The Life of Pablo de Kanye West han pasado a estar disponible en las demás plataformas de streaming musical.

Es cierto que sistemas como Spotify y Apple Music han ayudado un poco al crecimiento de los ingresos de las discográficas, pero apenas representan el 30% del total de entrada de dinero, por lo cual todavía se puede considerar que no son su principal fuente monetaria, esto se ha visto influenciado principalmente por el bajo costo de pago por reproducción, el cual varía de acuerdo con la popularidad del artista o grupo favorito.

Aún así, las plataformas de streaming han representado una evolución respecto a la época en la cual las descargas gratuitas dominaban el panorama, está demostrado que la gente se encuentra dispuesta a pagar cuando considere que el contenido y la calidad lo ameritan, no obstante las consecuencias de los actos de Dell Glover se siguen extendiendo a casi dos décadas del nacimiento de los grupos de filtración musical, los que hicieron que para muchos usuarios la música se dejara de pagar.

NOTA: El libro Cómo dejamos de pagar por la música se puede conseguir en su versión de papel en cualquier librería como Gandhi o en las páginas web de costumbre mientras que en digital se encuentra disponible en Amazon o iBooks. Es una lectura que personalmente recomiendo.

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